Vida común

Un mes más tarde, el 12 de noviembre, Monseñor habla a sus jóvenes de un proyecto de sociedad que le gustaría fundar con el fin de que, cuando fuesen sacerdotes, pudiesen permanecer juntos. «Sigamos juntos, no os disperséis en vuestras diócesis modernistas después de vuestra ordenación. Sería una asociación de vida común en cuanto al techo, la vida de oración y el apostolado». Se acuerda de su proyecto de Tulle: reagrupar a sus jóvenes sacerdotes indigentes, aislados y desalentados de Corrèze.

Una Fraternidad sacerdotal

Sería una Fraternidad sacerdotal, de vida apostólica. Estaría centrada en el sacerdocio, en todo lo que prepara al mismo y en todo lo que de él se deriva. Su fin sería ante todo la formación de futuros sacerdotes en los seminarios, luego la santificación de los sacerdotes a través de retiros, y finalmente el apostolado sacerdotal. Tendría por eje la misa, y estaría bajo el patrocinio de San Pío X, último papa canonizado, el papa de la lucha contra el modernismo, sin lugar a dudas, pero más que todo el papa cuya primera preocupación había sido la formación de sacerdotes «que uniesen la santidad de vida a la ciencia».

«¿Qué piensan ustedes?»

Esta es la pregunta que hace a sus jóvenes oyentes. «Es una idea que hay que profundizar», contesta uno de ellos. Y Monseñor Lefebvre prosigue:

A diferencia de los religiosos, los miembros de la Fraternidad no harían votos, sino simples compromisos, porque –dice según su experiencia misionera– el voto de pobreza es casi impracticable en una vida apostólica adaptada a los tiempos actuales.

Resucitar a los ‘Señores del Espíritu Santo’

Tiene en mente a los «Señores del Espíritu Santo» de Claude Poullart des Places, que no emitían votos, y que había pensado en resucitar no hacía mucho tiempo, considerando los numerosos novicios espiritanos deseosos de partir en misión, pero no muy inclinados a pronunciar los votos de religión.

Sabe muy bien lo que quiere hacer, pero durante largos meses van a frenarlo la enfermedad y el poco número de candidatos.

La vida común del clero

Sin embargo, su idea se sitúa en la mejor tradición de la Iglesia, la de los Santos Martín y Agustín, la de San Vicente de Paúl y su congregación de la Misión, la del beato Bartolomé Holtzhäuser. El derecho canónico (can. 134) recomienda «la costumbre de la vida común entre los clérigos». Marcel Lefebvre se limitará a dar un alma a esta vida común: en el seminario, media hora de oración mental antes de la misa de comunidad de la mañana, una parte del oficio divino recitada en común en latín por la mañana, al mediodía y a la noche, el rosario diario rezado por las intenciones de los bienhechores, el silencio dentro de la casa para favorecer la vida interior y el estudio, una cierta clausura respecto de las personas del exterior: tal es el reglamento. Después del seminario, esta costumbre de vida deberá conservarse en los prioratos.

El priorato

La idea de Marcel Lefebvre resulta ser genial. Muy rápidamente, después de las primeras ordenaciones, sus prioratos son todo un éxito: claustros de recogimiento, núcleos de vida fraterna, remansos de estudio y de oración, bases de apostolado. El priorato consta muy frecuentemente de tres sacerdotes y algunos hermanos; cerca de él se halla una comunidad de religiosas para ayudar en las labores materiales, en la escuela y sobre todo a través de las gracias de su vida de oración y de oblación.

La aprobación de la Iglesia

El 1 de noviembre de 1970, en la fiesta de Todos los Santos, el obispo de Friburgo erige canónicamente la Fraternidad sacerdotal y aprueba sus estatutos.

No habría hecho nada sin la aprobación del obispo del lugar. ¡Tenía que ser algo de la Iglesia!

Redactados por Monseñor Lefebvre, densos y concisos, los estatutos son una joya de espiritualidad sacerdotal. Las virtudes que se invita a practicar a los miembros son

un gran amor a Dios y a la Santa Trinidad, que engendra naturalmente la virginidad y la pobreza, que se manifiestan por el porte de la sotana.

 

De esta misma caridad hacia Dios proceden el don de sí y la obediencia; asimismo, la virtud de religión; una oración interior constante; la sed de salvar almas por la humildad y la dulzura; la sumisión y el respeto constante hacia los superiores; el olvido de sí y un espíritu de servicio espontáneo en la comunidad; la devoción a la Santísima Virgen». Precisa además que «nuestra verdadera televisión es el sagrario.